Un último suspiro

Bienvenidos una vez más a Les Brookers, ¿qué tal estáis? Espero que bien, porque vengo cargado de cosas para esta semana, entre ellas, una reflexión de mi querida amiga Eu, un artículo muy interesante, algo loco de mi “compi” Janire y por supuesto esto que os mostraré a continuación.

No, no me he olvidado del especial, pero lo bueno se hace esperar. Va a ser algo extenso y muy entretenido, que espero que os guste y os descubra o recuerde películas y música magníficas.

En esta ocasión he decidido escribir algo profundo,que puede apenar mucho y duro si se sufre, hablo de la soledad. Pero no una soledad cualquiera si no, en el final de tu vida, cuando más necesitamos los seres humanos de atención y compañía, por cuestiones físicas y psicológicas.

Por desgracia, la población cada vez envejece más, y con ello, la probabilidad de que esto se dé, crece a la par con la pena que ello causa en las personas y en un servidor.

Espero que este pequeño relato te llegue al corazón, o te haga recordar a esa persona que hace tiempo que no ves y te necesita. Incluso si simplemente te hace pasar un rato agradable de lectura, yo me sentiré satisfecho, pues mi creación ha servido algo.

Espero que estés teniendo un buen día, y nos vemos muy pronto con más y mejor, no seas malo y disfruta del mundo.

“La muerte nos iguala a todos. Es la misma para un hombre rico que para un animal salvaje”. 

                                                                                                                                                                                                                                          (Dalai Lama)

Se levantó aquella mañana sin pensar en nada. Aquejado por los dolores, que llevaban décadas siendo su única compañía. Se dirigió al baño con paso lento e inseguro.

Cuando llegó a postrarse frente al espejo, se resignó al ver a un hombre desaliñado,muy arrugado, con grandes ojeras y poco pelo, todo grisáceo y desordenado.

Y ello le hizo pensar en toda la vida que había llevado y lo mal que esta lo había tratado, con decepciones, despedidas indeseadas y muchos, muchos quebraderos de cabeza.

Así se encontraba, mientras terminaba de hacer su vieja y desgastada maleta, fiel reflejo de su poseedor.

Una vez terminó, comenzó su travesía hacia la puerta y a cada paso de su afligido caminar, sentía que, su ya extensa vida, se ahogaba en el Mar del Óbito, donde navega La Parca.

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Al llegar a la puerta, justo cuando salía, dejó caer un suspiro del cual, algo más que aire escapó de su boca.

Apenado, contempló su casa por última vez y en ese instante, dos grandes lágrimas brotaron de sus cansados ojos y se fundieron con el suelo.

Aquel hombrecillo se giró, y sin mirar atrás, decidió montarse en un vetusto taxi, cerró los ojos y emprendió el viaje hacia el fin de su dilatada y calamitosa vida.

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